sábado 11 de febrero de 2012

son dos




platicar, por ejemplo, que esos dos cuadros ya no existen, pero perduran profundamente en sus perfumes, sus animales y sus planteamientos


al menos no así como se vieron la primera vez, cuando asistí a su fragua, su pensamiento original lleno de rostros y que hoy parece regalarnos otra presencia, más ominosa y cierta, pero también más clara, de sus intuiciones desde la primera vez que agarró el lápiz y empezó a pintar sobre los muros de su alma y retribuía con colores la superficie estriada de la tela

allí, donde no había nada, cada uno levantaba su templo o su fuente o su magnífica ilusión, florida o llena de sonidos o de luces o de voces, una por vez o todas como hormigas, cada una en su brío, en su tarea, su fuerza


de cosas, de borlotes, de escarchas, de vuelos, de perniciosas nocturnas aves amarillas, o simples cuarzos dotados de la capacidad de estrellarse y llenar el lienzo de esa noche
con Martínez, desesperado, ungiendo una posibie catedral de las ideas, las que fueron surgiendo de esas tardes contando, o no
los cuadros que no hemos visto, pero que por supuesto adivinamos, porque sabemos la ruta: eso debi decir, pero no se me dio, porque estaba viendo, por ejemplo, la calavera en el borde izquierdo de la pintura, allí, en la mera esquina
los toboganes de luz manchados de pintura enbetabelada, sin olvidar el mechero de las dudas y la imagen bronca, dice el pintor, borrascosa, agrego, del muro casi impresionista donde la continuidad del caracol de terciopelo de los pincelazos, le ha dado consistencia a ese carrusel de mujeres desfilando entre animales, como en los cuadros de Jorge, hoy, febrero doce (como febrero veintitrés en la memoria) o hace unos años, semanas, meses…
son dos que ya no existen, pero siguen
llenando cada cuadrícula con robustos colores o con trazos de un trastero, o la perenne verdura de los fondos
esos, los que no encontró ni entonces, ni antes, pero seguía buscando
esto no es una trampa, es un soliloquio sin maracas



partiendo en dos un melón, el piano soberbio


nada que ver, o todo, como siempre: cada resonar de unas teclas sobre las cuerdas casi anónimas que le dan vida al piano, a su música, a su regocijo, que eso es también, su lánguida pesadumbre siempre alegre, presta, clara, prístina (el ejemplo, aquí, En Habit de Cheval, no sabemos quien es, no hay descripción disponible... reza la página)


la enormidad de un talento con la imposibilidad de saberlos todos, o disfrutarlos


acomodar, en suma, todo lo que se pudiera

evitar romper 
la torre de naipes
con los dedos
o con el aire soplado 
por las nubes
de su propia 
variedad de conocimiento


chasing pavements

http://www.youtube.com/watch?v=08DjMT-qR9g&feature=BFa&list=AVGxdCwVVULXf5iCfEczIK4BzxZr3G18mV&lf=list_related

junto con los puentes o los pespuntes
que ya no existen

darse a la tarea de reconstruir aunque fueran fragmentos de ese pálpito dulzor tan tamarindo de él: agrio, seco, pero dulce y crepitando las partículas resabios de la caña transformada (devenida) en cristales

como lo que había aprendido de otros, los otros, los que no eran más que otros personajes, otras pieles, otras sensibilidades

pero igual pasaban por el miedo, por la angustia, de rozarse con algo del sabor enorme de los dioses, o de algunos, soberbios, imitadores de la grandeza, los artistas, los de a deveras

LAST BUT NEVER LEAST, la León en la luna (con la luna, siempre)

borrosas cosas las mismas que cantaba la canción contradictoria de esos años
la del principio, la de verdad, la de apenas hoy, apenas nomás
como llorar un rio, decía ella, apenitas, al dia, sin echar la vista atrás
en el idioma que tu quieras, pero fresca, como voz, no como presencia ni como distancia
eso es lo que alego nada más, fúrico casi, pero en paz, con los amigos y los ocasionales lectores visores
las imperfectas cuerdas de la garganta
llamarse maria eugenia, o Eugenia nomás, simplemente Rosario


siempre al final, la música
vuelta a lo mismo, mecánicamente espléndida y sonoramente precisa, percutida, prístina
el piano venido del siglo diecinueve, devenido siempre notas para el abandono creativo y la dadivosa entrega de cada pieza sobre el articulado tablero

mientras se escucha a Satie, como un buen vino

se bebe

se palpa

se disfruta

no con lo que tiene, sino con lo que contiene
y nos ayuda a decir
sin ruidos

sin estruendos

al final, también, pudo caer un vaso de cristal y romperse sobre el suelo, relajándolo todo de agua de viña, percolada y sutilmente transportada desde el barril hasta la superficie incierta de su estómago



miércoles 25 de enero de 2012

quien lo dijo

El llanto de la Malinche se derrama hoy como entonces sobre la sangre de sus hijos.

así culmina la espesa tersura de "La Malinche, Penélope y Coatlicue", que nos regaló, desde el sábado en la noche, el poeta de casa. Siempre preciso. Siempre agudo. Siempre, también, sombrío: Hace 55 años, recuenta Pacheco, Benítez concluía: "cincuenta mil indios vestidos de harapos tienen como único patrimonio el hambre, el alcohol y el suicidio". Hoy sabemos que las cosas han cambiado, pero igual no entendemos cómo: "Casi medio siglo ha pasado y todo sigue en un empeoramiento irrefrenable".feed://www.proceso.com.mx/?feed=rss2&cat=50 sábado, 8:22 p.m.




Fue el mismísimo poeta, el domingo, más bien el sábado, apenas, quien nos recordó que la ruta de Cortés fue escrita por Fernando Benítez y que no es más que una recreación de México, de lo que somos. Como telenovela, pero en real, sin batallas ya , y sin carabelas. El recorrido hacia adentro de una tierra inhóspita, y desconocida. Dicen primero las ciudades españolas. Y el mestizaje, y los criollos. Y la verdadera Nueva España revelada por el viajero, el contramaestre que guia su lectura, y por supuesto el recopilador de audacias, dice José Emilio.


Así, con confianza, porque es la que nos ha regalado en esta hora, la revista Proceso esta semana, el número que corre.

Los amigos eran Dylan y la botella rota del escanciado en la madera de este piso. Lamento borincano pero en country, o mejor, en Nueva Orléans y con la negritud, plena América, también, de los franceses. En buena hora. Con la música podemos acompañar la lectura y avanzar la página. Seguir leyendo.

La tarea semanal es ponernos al tanto y en atención de algo grueso, dominante: Alma Reed y Carrillo Puerto, hace una semana. Con bitácora de navegante y cancionero, por ejemplo. O bien, la seriedad del premio Nobel 2011, un sueco de verdadera cepa poética. Con unas traducciones impecables.


Aquí, el domingo veintidós de enero. Dos mil doce.

La Malinche, Penélope y Coatlicue

José Emilio Pacheco

sábado, 08:22 p.m.

Fernando Benítez llega a su centenario en la misma semana en que se revela, aunque era algo ya sabido por todos, la hambruna en la Tarahumara, la muerte de rarámuris por desnutrición y la violencia del narco sumada a una tragedia no nada más de Chihuahua sino de México entero.

En 1957, es decir hace 55 años, Benítez escribió Viaje a la Tarahumara. Fue publicado en 1963 y más tarde incluido en el primer tomo de su gran obra acerca de Los indios de México, cinco volúmenes que aparecieron entre 1967 y 1980. Si se hubieran leído acaso sería otra la intolerable situación actual.

Benítez fue a la Tarahumara cuando el fracaso de Ki, el drama de un pueblo y una planta (1956), su crónica de Yucatán, le había hecho pensar en la inutilidad de escribir libros de esta naturaleza. La ignoraron los agrónomos, los economistas, los grandes escritores y sobre todo los gobernantes y las autoridades encargadas de aplicar la reforma agraria. En vez de eso se empeñaron en continuar los torpes y reaccionarios métodos que han llevado a la ruina y a la desmoralización al campo mexicano.

Concluía así el gran reportaje:

“Ríos tumultuosos, caídas de agua capaces de abastecer de energía eléctrica al noroeste del país, riquísimos pinares, extensos yacimientos minerales, y en medio de este paraíso, de esta opulencia intocada, cincuenta mil indios vestidos de harapos tienen como único patrimonio el hambre, el alcohol y el suicidio.”

Casi medio siglo ha pasado y todo sigue en un empeoramiento irrefrenable.

Cortés en el medio siglo

Tal vez sin saber que la obra de su vida serían las 2,800 páginas publicadas por Era, que increíblemente no han tenido una segunda edición, Benítez dedicó la década de los 40 a escribir La ruta de Hernán Cortés. Hoy la vemos como el pórtico o el prólogo a una tarea inigualada por ningún otro escritor de este país.

El siglo XX al llegar a su mitad reflexionó en torno a sí mismo. El mundo en ruinas que apenas se levantaba entre los horrores de la Segunda Guerra tenía la esperanza de que el medio siglo por venir iba a ser por fin el reino de la paz y la justicia. Entre nosotros hubo una reflexión general acerca de qué era Mexico, qué significaba ser mexicano, cómo habíamos llegado hasta donde estábamos en 1950 y en cuáles condiciones alcanzaríamos el año 2000. A este impulso y este momento debemos libros como El laberinto de la soledad y La ruta de Hernán Cortés.

En principio fue una crónica de viajes como las que con tanto éxito practicaron los españoles, de Azorín y Camilo José Cela a Juan Goytisolo. El proyecto se amplió hasta abarcar los sueños de la Edad Media, el fracaso de Colón y el descubrimiento de México.

Benítez sigue a Cortés a lo largo del camino que lo condujo a la capital de los aztecas. Opone la historia y el paisaje del siglo XVI a la situación, entonces actual, de los lugares recorridos: Veracruz, nuestra primera ciudad y la puerta estrecha de México; Cempoala, clave de la conquista; Jalapa, entresuelo de nuestro país; Tlaxcala, Cholula, la ciudad santa del Anáhuac y Tenochtitlan, entre el cielo y la tierra.

El fantasma de la ciudad

La crónica se lee como una novela llena de personajes que tal vez la ficción no hubiera alcanzado a dibujar. Entre ellos sobresale Marina. Benítez rompe con la idea dominante en esa época de un amor entre la Malinche y Cortés, vínculo que sería la fundación idílica de nuestra sociedad. De haber existido la sombra de aquello a lo que “damos el confuso y terrible nombre de amor”, Cortés no le habría arrebatado a su hijo, don Martín el bastardo, ni la hubiera vendido a su lacayo Juan Jaramillo. Malintzin murió en 1531 y se convirtió en el fantasma oficial de la Ciudad de México. Con el cabello al aire y la túnica flotante, camina por el aire nocturno y llora por la suerte pasada y presente de sus hijos los indios, a quienes la propia doña Marina ayudó a destruir.

La victoria de los vencidos

La destrucción es el sino y el signo de la capital que brotó de la derrota indígena. Los cañones de los bergantines que la bombardearon desde el lago, la labor conjunta de los españoles y sus innumerables aliados autóctonos para que de la esplendorosa Tenochtitlan no quedara piedra sobre piedra dejaron el espacio para el surgimiento de una ciudad española. Española, sí, pero edificada por los derrotados. Manos de indios la hicieron levantarse sobre las aguas amargas del antiguo lago.

“México”, dice Benítez en 1950, “es una ciudad en perpetuo estado de transformación. Las manos de sus gentes la hacen y la deshacen como la buena Penélope hacía y deshacía su tela, esperando la llegada de Ulises. De las ruinas de las demoliciones surge siempre un México distinto, una novedad urbana, y es así como nuestra ciudad cumple su función de adaptarse al discurrir del tiempo. Ciudad esencialmente dinámica, llena de juventud y de impulsos creadores, vuelta de cara al porvenir, quizá por ello no es afecta a conservar las reliquias de su pasado”.

Tenochtitlan murió por la espada, final digno de una ciudad guerrera. Cayó cuando se hizo prisionero a Cuauhtémoc, su rey y sacerdote supremo. Los gritos que se oyeron durante los días del sitio cesaron y por primera vez en nuestra historia se hizo un espantoso silencio.

El fervor constructivo que distinguía a los nuevos pobladores edificó una urbe española de los pies a la cabeza, trazada según el espíritu de orden característico del Renacimiento. En la Plaza Mayor, el centro del tablero, figuran el palacio y la catedral, la universidad, la casa de cabildos, todo rodeado por las mansiones hechas con las piedras antiguas de la ciudad asesinada. Todas tienen aspecto de fortaleza para prevenirse contra la posible venganza.

En los planos primitivos –con sus calles de Plateros, de Talabarteros, de los que trafican con cordobanes y el Portal de los Mercaderes– México aparece como un lugar europeo por la traza y el estilo. Si pudiéramos penetrar en esos dibujos, veríamos que a la ciudad española la tiñe un color exótico, la envuelve un aire que es medularmente mexicano.

En las cocinas las indias no se limitan a su papel de sirvientas: deforman y condimentan los manjares de la otra orilla. El color oscuro libra su batalla contra la blanca piel de los colonos. Un elemento perturbador matiza el lenguaje. Los indios, excluidos de la traza que los confinó a las orillas de todo, se colocan en las residencias en apariencia sólo para servir, llenan plazas y mercados, mueven el cincel en lo alto de los andamios, le dan otra interpretación a los planos del fraile arquitecto español y afluyen en incontables barcas por los canales.

La dialéctica del amo y el esclavo

La capacidad de asimilación y adaptación es infinita. Los indígenas nobles que tienen acceso a las aulas de Tlatelolco asimilan la cultura clásica y renacentista, dominan el latín, escriben en excelente español la historia de sus pueblos y manejan con genio los nuevos instrumentos musicales.

La grandeza del imperio se refleja en la más importante de sus colonias. Pero cuando España entra en decadencia se abandona la intención humanista y México queda durante más de dos siglos atado a una nación agonizante. Se derrumba el único puente tendido entre conquistadores y conquistados, el país se divide entre el mundo de los indios y el de los blancos, el de los amos y el de los esclavos.

Se establece una antinomia dolorosa que no ha sido resuelta. Las castas, lejos de disolverse, aumentan y se acentúan. Los pocos ricos se hacen más ricos y los muchos pobres se vuelven siempre, siempre más pobres. Las diferencias empiezan en las casas, entre la servidumbre y los señores, se prolongan en las calles, cristalizan en plazas y mercados, y se confirman en los barrios pobres. La ciudad es un muestrario de singularidades, un plebiscito fiel de los niveles en que el país se descompone. Nada más natural que la barbarie se filtre por todos los poros, se haga presente en todos los rincones.

México, tierra india

En ese ámbito se gesta el hecho más importante de nuestra historia: el mestizaje, la nota característica de México. “Con dolor viene al mundo el mestizo. Su madre es india siempre, su padre español. Este nuevo ser se crea al margen de la ley. Al principio se le engendra con violencia y sin alegría. Es fruto prohibido, vergonzante. Su padre, al menos en la primera mitad del siglo XVI, no lo reconoce. Su madre, desvalida, a la que tantos sufrimientos ha causado, trata de abandonarlo en las puertas de los conventos y de las iglesias, porque el mestizo era menos que un hijo natural y más que un remordimiento”.

No es indio ni español: ambos por igual lo rechazan. Las sangres enemigas combaten en su interior, está hecho de elementos irreconciliables, de divorcios y pugnas. Es inteligente y lo anima un orgullo terrible. Condenado a la miseria y la ignorancia, no se resigna a labrar la tierra ni a trabajar con sus manos. Abraza la carrera de pícaro y se convierte en enemigo de unos y otros. Por su parte, el criollo es diferente de su padre español y posee un fermento de rebeldía que muy temprano cristaliza en Martín Cortés, el otro hijo del conquistador, a quien se acusa de querer levantarse con la tierra.

El mestizo, el criollo, el inmigrante y la dama española o criolla forman el principio activo de nuestra nacionalidad. A través de los siglos y las uniones estos elementos han acabado por integrar la fisonomía de México.

En el crisol mexicano, con la mezcla de estos seres desarraigados, se obtiene el mestizaje cabal, rotundo de cuerpo y alma. En México se puede preservar la sangre libre de influencias indias pero el alma siempre terminará rendida al hechizo del mestizaje. Nadie escapa a la fuerza de la tierra, a su genio apasionado. Detrás y al fondo de todo estará siempre el indio como parte integral de la tierra y el paisaje violento y delicado, áspero y tierno, la montaña eterna, el volcán desbordado, la meseta que intenta ordenar el caos, la costa y el cielo en que siguen brillando los soles poderosos de las antiguas cosmogonías.

Por quién doblan las campanas

La ciudad de los dos primeros siglos es hosca y no termina de construirse nunca. La vida se rige por el tañido de las campanas. En el siglo XVIII la riqueza minera –basada en la más salvaje explotación de los indios que se arrastran por galerías oscuras, asfixiados por un calor intolerable– permite el esplendor barroco que convierte a México en la reina de las ciudades americanas. Esta abundancia se muestra en los templos, los conventos y los palacios y en la vida que llevan clérigos y frailes. La era virreinal termina con el triunfo del neoclasicismo que destruye la ciudad barroca.

En el siglo XIX la victoria liberal se empeña en romper con la Colonia y arrasa con los grandes edificios religiosos, sus bibliotecas y sus pinturas. El siglo antepasado es el más amargo de nuestra historia. Las tensiones acumuladas desembocan en la guerra perpetua: federalistas contra centralistas, la Iglesia contra la Constitución, los ricos contra los pobres, los republicanos contra los monárquicos, los blancos contra los indios. La mitad de México contra la otra mitad y las naciones más poderosas del mundo ensañadas con nuestro país.

Benítez describe los cambios que trajeron consigo el Porfiriato y la Revolución y termina, como era inevitable en la época, con una nota optimista. Reconoce sin embargo que “la tela de Penélope aún no acaba de tejerse. Coatlicue y las piedras viejas siguen animadas y terribles. Continuarán la ciudad y el campo librando sus batallas. Sus contrastes internos serán más o menos ásperos. La tela simbólica quedará concluida el día en que los mundos antagónicos, por fin, integren uno solo”.

A 62 años de distancia estamos más lejos que nunca de alcanzar esa utopía. El llanto de la Malinche se derrama hoy como entonces sobre la sangre de sus hijos.

JEP

miércoles 7 de septiembre de 2011

Tiene que ver conmigo...


con respetuoso, cariñoso, agradecimiento a un blog que desde mi máquina no puede verse http://melange-marichuy.blogspot.com/2011/09/mi-patria.html, y que ahora, con motivo del mes patrio, recoge unos versos siempre a tono (*)

...con lo que soy, con lo que sigo siendo, con lo que no he dejado de ser, como dice otro título enorme (inabarcable), de Pacheco: Desde Entonces

En mil novecientos sesenta y seis empezó la travesía paralela del lector con el poeta, que lo encontró, apenas, para la luna de cáncer, acaso en el setenta y cuatro.

Le resultaba novedoso y cercano el nombre del verde libro, que después, averiguaba, había llegado al máximo (entonces) lugar para voz de las palabras en el desierto, que es para muchos la poesía (Premio Nacional de Poesía en el Segundo Certamen Nacional de Aguascalientes 1969).

Su amistad navegó con un naufragio como referencia (**), como una marejada espumosa, que perdura hasta ahora.

Los años escalaron en siglos, y siguieron coincidiendo, uno como acérrimo, lúcido, portador de la palabra. El otro como asiduo comensal de las hormigas, los lamentos y, sobre muchas cosas, los inventarios, los recuentos parciales de sus lecturas y pasajes por la vida, o por la historia, también de otros, como recipiente o válvula de resonancias, ecos, tradiciones.

Las revistas y los libros y los diarios continuaron su trajín, y siempre los encontraron, en silencio, a los dos escribiendo, o sonriendo, o llenando las comunicantes ceremonias de sus encuentros anónimos, pero siempre vehementes, fortaleciendo las faltas o haciendo brillar las coincidencias, o más evidentes las ignorancias (hasta los olvidos), del lector más que diletante, nunca del escribidor, traidor (por traductor, por traedor), testigo de tantos fines y principios disonantes en vaporosas velas ondeando la única verdad que es la relativa calma para observar, y construir, con astillas las fogatas, con miel las corrientes, de lo que se piensa, se cocina o se transa en un inmenso, vasto territorio que es el de la traición, altísima, de su país, su patria, su nido, su originaria, pecaminosa falta: ser mortal, pero sensible; ser hosco pero amoroso; ser hambrientamente dulce o dadivoso.

La generosidad, lo digo ahora, que he aprendido del poeta, cala hondo, ha madurado en raíz, junto con otras, más indelebles, filiales, fallas (de geografía, no de consecuencias de actos personales, hasta pusilánimes).

Y sigue siendo molécula que va encadenándose en cada punto negro de la tinta que los articula que los junta; en cada vuelta a abrir, azarosa, de alguna de las hojas de sus plantas, de sus hojas, de sus flores, de sus cantos: compartidos todos en la silenciosa voz que las musita, más que las entona: que las regala en el espacio donde se crean las ideas, la cuenca cerrada de su vital permanenecer entre los otros, los demás, los animales que son sus coterráneos, sus contemporáneos, sus deudores, sus amigos, sus quereres, sus (forzosos, nunca forzados) descendientes; sus avatares, sus sobrenombres, sus nombres adquiridos o construidos para poblar, de algún modo, el ríspido terreno que comparten.

(*) El verso se hizo canto, cuando Óscar Chávez le dio música a ALTA TRAICIÓN (No Me Preguntes Cómo Pasa El Tiempo, II. MIRA CÓMO SON LAS COSAS)
(**) DESCRIPCIÓN DE UN NAUFRAGIO EN ULTRAMAR (agosto 1966), No Me Preguntes..., I. EN ESTAS CIRCUNSTANCIAS.


¿no podría?

(PUEDE ACOMPAÑARSE CON UN VIDEO)


En los dos polos de las serpientes y escaleras de la educación, en China, lo que sea, podemos ver que el suelo sí puede estar bien parejo. Además, no hace falta más (decir) que hacer... No hacen falta alas...


Ser el mundo un poco asi, sin tanta bull... con más simplicidad. Recordar la película Ni uno Menos, donde la testarudez de una maestra suplente (por mientras, casi en edad también de estar en la escuela) mantiene viva la flama del pizarrón y los gises...

miércoles 17 de agosto de 2011

bitácora o simple nota



ver

o nada más saber



Dejar, pasar, entonces, la rutinaria vista del sonido mientras alguien se mueve silenciosamente llena de luz, de lucidez, de paisaje, y nos hace olvidar lo que llegamos a buscar y nos regala un alimento difícil de olvidar, porque se sabe, impregnado de sentidos, y se huele, y se toca,
y se desliza, también, sobre los surcos ocultos del otro, meneándose, articulándose, a nuestro propio ritmo, el de la sangre




con el fondo, dolorido, de la rueca
dando vida a feroces animales

a desplegar la sombra de nosotros,
los de todos los dias,
los de carne
y hueso





Todo, porque este dia uno piensa
que se velan las armas para empezar un festival de cine en la ciudad norteña de Monterrey, en Nuevo León, donde se proyectará la versión 3D de una película que podía parecer minúscula, pero en la que la danza está involucrada: Pina Bausch, en movimiento, danzando, con la cadencia, creemos, de Wim Wenders. Se recuerda la definición de un cuerpo mientras flota, agitándose, haciéndose agua o construyendo un abrazo desde un músculo.

Mientras, en la capital, espero, al menos los 4956 espectadores, en el Auditorio Nacional, dejan pasar Metrópolis en la versión más recientemente restaurada, y escuchan también a la Filarmónica de la Ciudad de México acompañando las imágenes que portentosamente registrara Fritz Lang (hace digamos casi un siglo (éste, que es el veintiuno, parece haber envejecido, por lo menos, veinticinco años desde que empezó) (EL 27 DE AGOSTO, DIEZ DIAS DESPUÉS, Juan Arturo Brennan, da cuenta del acontecimiento desde el lado musical, cosa que no es menor: http://www.jornada.unam.mx/2011/08/27/opinion/a04a1cul)

Esto es, se verá lo que no hemos visto (aunque ya lo sepamos de algún modo), y volverá a verse lo que se vio entonces:
cuando bajo una ciudad inverosímil, pero cierta (cosas del futuro, siempre relativo) una mujer, joven y pequeña, se adueña de la voluntad de quienes, subordinados, permiten la bonanza y la agitada vida de quienes todo lo controlan, y los lleva, casi, a conseguir el paraiso.



Depende de lo que se pueda decir, o se quiera decir, cuando una página en Feisbuk te lleva a una ciudad que llora para lavarse, mientras el alma hierve de dolor y de impotencia ante las inclemencias del tiempo de los hombres



porque, hay que decirlo, lo que nos permite la tecnología actual es pasar de la inverosímil, pero cierta historia, que habla de juventudes católicas en cruzada, casi, con militancia extrema en diferentes partes del mundo; a la resurrección del cine como medida y norma de lo que somos y hemos construido.


(lo que nos cuenta en principio de una cacería simple de mano de obra casi depauperada, que se ha visto en la necesidad de transitar por los feudos de la droga, organizados de tal manera que permitan florecer el motor del negocio del dinero en bruto y cantidades extensivas. Y nos deja, al final, con la advertencia de que los grupos se organizan para conseguir un fin que es desbarrancar la paz o suprimirla, enfrentando insignias y posiciones para enfrentar, aseguran, al peor de los males )



no se trata de poner en discusión si el lenguaje es preciso o proviene nada más de la frivolidad que parecen acusar las llamadas redes sociales en las encuestas (algunas, publicadas en algunos medios: de hecho, de eso se trata la noticia, en gran medida)


baste decir que la bitácora intransferible registra la lectura de un archivo que es a su vez una revista cibernética donde se habla de los templarios; y la de una nota en un periódico tendencioso, según algunos, por aquello de que revela frases, o dichos, que tienen que ver, según, con las preferencias sexuales de alguien, dicho con toda sensatez, y no como denotarín las expresiones, por ejemplo, homosexual o puto. Y se trata, según podemos reconstruir apenas bordando, con la incitación a romper la manifestación, no jubilosa sino interesada, de grupos antagónicos que creen que la religión pudiera ser cubrirse la mejilla con el polvo de la devoción.

El reino de los caballeros templarios y los cruzados de la militancia exacerbada en la retícula social deformada, globalizada, de lo que algunos consideran, por decir poco, necesario.


domingo 14 de agosto de 2011

twits



seguir vivo

y en directo

un domingo

al abrir el ojo

descapotar la luz

del ámbar

para seguir, creyendo,
con otros, la lección


Por otro lado , sigue volando el niño

y el epatante lo sigue haciendo

más cerca, el amigo casi roza la tensión

o el cliente sorprendido se siente muy cerca
de la digitalidad obscena


Cadaveres exquisitos

Casi sin sentido

Mejor gorjeos
tuits (dos)

no es lo que uno quiera hacer, sino lo que puede hacer

un periódico puede servir, además de para las dos cosas de costumbre, para limpiarse

o no; siempre está el recurso de culpar al que se ponga


tuits tres

el que la hace
la apaga


sonora sintanguera:
esa que no existía


saber hurgar de todo
pero más, castillos


fumar, con Ute Lemper
en un cabaret
soñar con éter

Desde fuera (como que no vino al caso: el comentario se borró

de Facebook):

Si de relámpagos de fuego se trata (o algo así)

Enhora buena


El gorjeo del pajarito, vibración de la voz en la garganta: serie de sonidos cortos y agudos; trino

En inglés, Twitter significa “gorjeo”. Twitt o tuit es el breve piar de un ave y Twitter es una red social en la que como usuarios tenemos seguidores (followers) y seguimos a otras personas (follow to). ¿Qué es lo que provoca que sigamos y nos sigan?


martes 29 de marzo de 2011

otro màs (cuadernos 5)




No despertar del todo

dejar que el sueño

siga ardiendo


en las telarañas de madrugada

que el frio (el rocío)

dejó apenas

sobre las hjas de la jacaranda


en este balcón

que da a la calle cierta



Sabrà Dios

La música. crep qie si, tambièn extrañará a sus hacedores que se han ido.

Se queda, eso si, todo lo que despertó en nosotros, con nostros, su reclamo, en veces airado. Su son entero.


Ánimas benditas, me arrodillo yo


Curtir la piel o los tensos filamentos de la cuerda. Todo en suspenso. O en revelaciòn.


No hay más.


Esta mañana, el sol càlido de febrero nos sigue iluminando, dando sosiego.

Febrero nos regala ya algunas ausencias

(seràn, se llamaràn)

cotidianas

o definitivas

(depende del daño, el filo, del cuchillo que nos los arrebatò)


Perfecto dibujo de una realidad,

que sabemos no puede ser vista

más que con alfileres, con pinzas.